La primera vez que escuché hablar de la Teología del Cuerpo fue por accidente.

Por aquel entonces estaba buscando algún grupo de jóvenes en la ciudad donde vivía. 

Mi objetivo era bastante sencillo: encontrar algún grupo que compartiera esa fe que yo acababa de redescubrir, hacer amistades y quizás un apoyo que compensara un entorno que, hasta ese momento, había sido completamente secular.

Entre las distintas actividades de una parroquia vi algo que me llamó la atención:

Curso de Teología del Cuerpo.

No tenía ni idea de qué era aquello, pero decía que era para jóvenes... y yo era joven... y buscaba a jóvenes. Así que un día me acerqué.

Me costó horrores encontrar la puerta... Cuando por fin llegué a la sala, la sesión ya había empezado.

Algo dijeron sobre Adán ¿?

Algo de Eva también ¿?

...Unos vídeos que iban a poner de un señor que recuerdo parecía Clark Kent.

Y antes de que me diera cuenta, todos de pie rezando una oración de Juan Pablo II que habían proyectado en la pared. 

La verdad es que aquella tarde fue un desastre.

Un desastre en términos de socialización.

Y otro desastre, aún mayor, en términos intelectuales: no me enteré de nada.

Creo recordar que crearon un grupo de WhatsApp. Hubo alguna videollamada en zoom para comentar las lecturas. Incluso creo que llegué a leer alguna.

Pero si las leí, no entendí prácticamente nada. Recuerdo palabrejas tipo "El significado esponsalicio del cuerpo."

¿El significado qué de qué?

Como era de esperar, aquello terminó. O quizá fui yo quien desapareció. No lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es el resultado:

Ignorancia: 1.

Teología del Cuerpo: 0.

Amistades: 0.

Pareja: todavía menos.

Aquello se me olvidó y pasó bastante tiempo entre medio. Diría que me dediqué a temas más accesibles, a esos que puedes leer una vez y realmente enterarte de, por lo menos, alguna cosa.

Pero en esas, un día estaba escuchando en YouTube alguna charla de algún señor o señora importante. Entonces apareció una sugerencia.

Era un vídeo de Christopher West.

Para quien no lo conozca, Christopher West es a la Teología del Cuerpo lo que Shakira fue al Waka Waka durante el Mundial: el responsable de que la Teología del Cuerpo haya acabado sonando en todas partes.

Y recuerdo perfectamente aquel vídeo.

Me dejó fascinada.

West estaba comentando una escultura: El Éxtasis de Santa Teresa de Bernini.

Por si hace falta refrescar la memoria o generarla (a los que, como yo, tienen nula cultura artística): es esa escultura que hay en Santa Maria della Vittoria en Roma representando a Santa Teresa de Ávila en un momento en que es atravesada por el amor de Dios. Una de las obras más famosas del arte cristiano.

La obra de Bernini es espectacular, por descontado. Pero lo que me cautivó, lo que me impresionó no fue la escultura.

Fue él. West.

La naturalidad con la que hablaba.

La sencillez.

La ausencia total de incomodidad.

En apenas unos minutos iba enlazando reflexiones sobre Dios, la experiencia espiritual de la santa y experiencias profundamente corporales. Incluso utilizaba categorías que normalmente asociamos a la sexualidad humana.

Y aquello me descolocó por completo.

Yo venía de una educación sexual prácticamente inexistente.

En casa, silencio.

En el colegio religioso, silencio... o, en el mejor de los casos, advertencias.

Por otro lado estaba el mundo secular, del que venía, en el que para algunos la sexualidad podría tener algún tipo de interés o significado afectivo semi-abstracto e indeterminado, y para otros no tiene significado alguno, pudiendo ser lo que uno quiera, cuando uno quiera, e incluso se estima puede tener impacto nulo en la propia persona, vamos, como el que estornuda y ya está.

Y de repente aparecía este hombre hablando de Dios, del cuerpo, del deseo, de la experiencia humana y de la santidad sin caer en lo que detestaba de unos y en lo que no casaba con otros. 

No sabía que ese espacio existía.

Ni siquiera sabía que era posible.

De forma más o menos consciente, creo que circulaban por mi mente:

¿Me estás diciendo que se puede ser plenamente humano y plenamente santo?

¿Que no tengo que elegir?

¿Que no hay que amputar una parte de mí (que intuyo buena) para acercarme a Dios?

¿Que mi cuerpo no es un problema a resolver?

¿Que la sexualidad no es una dimensión vergonzosa que hay que esconder hasta que alguien la necesite para hablar del matrimonio?

¿Que se puede hablar de todo esto sin miedo, sin escándalo y sin vulgaridad?

Aquello me impactó.

Y desde entonces no sé cuántas veces he vuelto mentalmente a la imagen de Santa Teresa.

Si cierro los ojos, en mi mente, puedo dibujar a la perfección su rostro.

Esa expresión imposible.

Tan dentro y tan fuera de sí.

Tan vacía y tan llena.

Tan divina y tan humana.

Tan en el cielo y tan en la tierra.

Y quizá por eso sigue fascinándome.

Porque hay algo en esa imagen que grita una realidad profundamente viva. 

Una realidad que todos experimentamos, pero que por no saber interpretarla, podemos tener la tentación de acallarla, de ignorarla. 

Otras veces, por no saber comprenderla, nos volvemos sus esclavos, transformándola en una herramienta con la que poco a poco perdemos pedacitos de nuestra humanidad.

Humanidad que intentamos distraer. Que intentamos anestesiar. Pero que sigue ahí.

La nostalgia de una plenitud que aún no conocemos del todo. El deseo de una comunión más profunda. La intuición de que somos capaces de algo más.

Porque tal vez el cuerpo no sea un obstáculo para encontrarnos con Dios.

Tal vez sea una de las pistas más importantes. Pero para eso habrá que hacer teología…

…del cuerpo.

Éxtasis de Santa Teresa de Bernini