La teología del cuerpo, empieza como empiezan casi todas las historias dignas de contar: con una discusión.
Imagínate la escena.
Sábado por la mañana. Sales de la panadería.
Bolsa de papel bajo el brazo. Pan todavía caliente.
Esa clase de olor que, durante aproximadamente tres segundos, te hace pensar que quizá el mundo no está tan mal.
Cruzas la plaza del pueblo y ves que hay gente reunida junto a la fuente. Un corrillo.
Y claro. Una no es chismosa. Una simplemente tiene inquietudes sociológicas.
Así que te acercas.

(Además llevas un bollo en la mano, que siempre da cierta naturalidad para pararse en cualquier punto de la calle. Nadie parece sospechoso mientras come un bollo).
En el centro del círculo está Don Manuel.
Don Manuel es ese señor que hay en todos los eventos religiosos. Quizá el que tu conoces no se llama Manuel, pero todos sabemos quién es. El hombre que se sabe la Biblia de memoria... Y el catecismo... Y el Derecho Canónico.
Don Manuel, el que siempre tiene una cita religiosa preparada para responderte en esos momentos en los que estas medio ahogado por los dramas de la vida, y dices, ay pues mira tú que bien.
Bueno, pues a su lado hay dos profesores de religión de la universidad más prestigiosa del país, de esos que llevan un bolígrafo en el bolsillo como si fuera una navaja suiza, y también está el el influencer del movimiento de la iglesia más conocido de la zona.
Tienen unas biblias muy caras, de esas que llevan fundas de cuero. Quizás hasta se las ha firmado el Papa, que se yo, conocen a tanta gente.
La gente de la plaza los mira con esa mezcla de respeto y miedo que con la que miramos a los que se encargan de cobrar deudas, o a los inspectores de impuestos. Los que llevan un disfraz y dicen trato.... o trato.

Frente a ellos está hay un hombre. Dicen que es Jesús.
Pues, qué quieres que diga, no parece el de la estampita que algunos reparten por ahí.
Está sentado en el borde de la fuente. Lleva vaqueros gastados...diría que hasta veo un roto. Bien moderno.
Camisa sencilla. Mirada tranquila. Demasiado tranquila... de hecho.
Don Manuel da un paso al frente. Se acomoda las gafas. Sonríe. Pero sonríe en plan mal, en plan chihuahua malvado.
Y entonces le dice a Jesús: A ver, maestro… Tú que hablas tanto de llevar las cosas al corazón, de la misericordia, del amor y todo eso... ¿Está bien divorciarnos de nuestras mujeres?
Silencio....
El panadero se ha asomado a la puerta.
La señora que venía de comprar tomates se ha quedado quieta con la bolsa en la mano.
Yo sigo masticando el bollo, pero ya con tensión.
Porque se nota.
Se nota perfectamente. Aquello no es una pregunta. No les importa la respuesta verdadera, sólo quieren hacerle quedar mal.
Si Jesús dice que sí, parece que no es tan bueno y amoroso, ni tan revolucionario como dice.
Si dice que no, se le echa encima media plaza, porque ya hay medio pueblo divorciado y además lo dijo Moisés que estaba bien.
Pues a ver qué pasa.
Jesús se levanta despacio. No parece enfadado. Tranquilo, como antes.
Mira a don Manuel. Luego mira a la gente. Y dice:
“Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres por la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así.”
A mi se me medio atraganta el bollo:
¿Al principio cuándo? ¿Cuando Adán y Eva iban por ahí sin ropa, sin hipoteca, sin grupos de WhatsApp familiares y sin tener que decidir qué cenar? ¿Cuando las primeras personas pisaron la tierra? ¿Cuando todavía no existían las ex novias? ¿Cuando nadie había descubierto la maravillosa posibilidad de hacerse daño mutuamente de formas cada vez más sofisticadas?
JA! Ni Don Manuel, ni nadie esperaba esa respuesta. Esperábamos que hablase de requisitos: si mira a otro no es suficiente razón, pero si se acuesta con él si. Esperábamos que nos hablara de reglas, excepciones, plazos, límites.
Pero Jesús no entra ahí. No nos responde como funcionario del registro.
Va a otro sitio. Va al principio.
¿Qué es eso?
Porque se puede leer “al principio” y pensar automáticamente en una especie de escena prehistórica con árboles, animales, hojas bien colocadas y una serpiente que, por desgracia, decidió tener iniciativa.
Pero no parece que se refiera a eso. Quizá el principio es algo más profundo.
Quizá el principio es aquello que Dios vio cuando pensó en nosotros por primera vez.

Cuando nos imaginó.
Cuando pensó qué seríamos.
Qué necesitaríamos.
Qué nos haría felices.
Qué nos haría soñar.
Qué nos haría reír.
Cuando pensó en qué cosas nos acelerarían el corazón.
Qué palabras nos harían sentir en casa.
Qué gestos nos harían bajar la guardia.
Qué tipo de amor sería capaz de dejarnos sin respiración.
Y ahí es donde la frase de Jesús empieza a quemar, pero quemar para bien.
Porque si “al principio no fue así”, entonces quizá muchas de las cosas que hemos normalizado no son normales. Quizá muchas de las cosas que asumimos como inevitables no son inevitables. Quizá muchas de las cosas que hemos aprendido a llamar “la vida”, “las relaciones”, “lo que hay”, “la gente es así”, “tampoco era para tanto”, en realidad no formaban parte del diseño original.
El mundo nos dice que la vida es siempre dura de una forma u otra y que no merece la pena darle muchas vueltas.
Pero Jesús no dice:
“Bueno, las relaciones son complicadas.” “Es lo que hay.” Ni dice: “Cada uno gestiona su afectividad como puede.” Tampoco dice: “Mientras haya consentimiento, tampoco nos pongamos intensos.”
Puedes pensar que es una tontería que alguien crea que fuimos "diseñados" de una forma concreta.
Pero mirando el corazón humano. El tuyo, el mío me atrevo a decir que no es una tontería y lo puedo demostrar. Quizás alguna vez has querido a alguien y pero aun así has acabado sentado en el suelo de la habitación triste y pensando: ¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí?
No es mi imaginación que nos revolvemos internamente cuando se nos acelera el corazón por una persona y, unos meses después, esa misma persona no significa absolutamente nada.
Cuando le contamos a alguien nuestros secretos, nuestros miedos, nuestras heridas, nuestras ilusiones, nuestras vergüenzas, nuestras tonterías, nuestros planes, nuestros “no se lo he contado a nadie”, y que al día siguiente esa persona no solo no está, sino que se aleja activamente. O peor, nos hace daño. O nos mira como si todo aquello que le hemos entregado hubiera sido imaginación nuestra.
Una mala interpretación. Un problema de expectativas. Qué palabra tan útil, por cierto.
Expectativas. Una palabra estupenda para hacerte sentir culpable por haber esperado que alguien tratara con delicadeza lo que tú le habías confiado a pesar de tener miedo.
Dime sinceramente, ¿Crees que te equivocas cuando, después de esperar horas en un coche, en un aeropuerto, con nervios, con ilusión, con esa mezcla de cansancio y alegría absurda que tiene ir a buscar a alguien a quien quieres, unos meses después ves a esa misma persona caminando hacia el altar con otro y algo dentro de ti se rompe?
¿Crees que exageras? ¿Que es dramatismo? ¿Que simplemente no supiste “gestionar”?
Otra palabra muy útil, por cierto. Gestionar. Como si el corazón fuera una bandeja de entrada.
Como si bastara con archivar un mensaje, borrar una foto, silenciar una conversación y seguir funcionando.
¿Crees que te equivocas cuando, después de haber bajado la guardia con alguien, después de haber confiado el cuerpo, la historia, la intimidad, las heridas, los miedos, los sueños, descubres que aquello que para ti fue entrega, para la otra persona fue una etapa? Una experiencia. Un momento. Una cosa que pasó.
¿Crees que estás siendo demasiado intenso cuando te duele que alguien repita con otra persona los mismos gestos que contigo parecían únicos?
La misma cama. La misma ternura. Las mismas palabras. La misma manera de tocar. La misma promesa medio dicha.
Con una persona.
Y luego con otra.
Y luego con otra.
Y luego con otra.
Hasta que el cuerpo sigue estando ahí, sí, pero el alma ya no sabe muy bien dónde se quedó.
Porque, claro, se puede hacer. De hecho, se hace. Todos los días. Se puede besar sin amar. Se puede tocar sin cuidar. Se puede dormir junto a alguien sin querer permanecer. Se puede decir “te quiero” y no querer decir exactamente eso. Se puede abrir una puerta y luego fingir que nunca hubo casa.
Se puede.
La pregunta es si estás hecho para eso.
Y aquí da igual, por un momento, lo más o menos religioso que seas. Da igual si tienes una fe sólida, una fe intermitente, una fe que aparece en bodas y funerales, o una fe desaparecida en combate desde la adolescencia.
Porque hay algo en ti que lo sabe. No sé explicarlo mejor: Lo sabe.
Cada vez que has llorado por una decepción amorosa. Cada vez que una traición te ha dejado el pecho raro, como si alguien hubiera entrado por la noche a mover todos los muebles de sitio. Cada vez que una mentira te ha hecho repasar mentalmente conversaciones enteras, mensajes, audios, miradas, planes, intentando descubrir en qué momento empezó a romperse todo. Cada vez que alguien te olvidó demasiado rápido.Demasiado fácil. Demasiado como si tú hubieras sido una parada de autobús y no una persona.
Cada vez que alguien te sustituyó con una facilidad ofensiva. Cada vez que descubriste que para la otra persona aquello no pesaba lo mismo.
Que lo que para ti era una casa, para el otro era una tarde. Que lo que para ti era entrega, para el otro era entretenimiento. Que lo que para ti tenía nombre, historia, cuerpo, intimidad, miedo, esperanza, para el otro era…bueno...una cosa que pasó.
Algo en ti se revolvía. Algo decía: Esto no debería ser así. Esto no estaba pensado para acabar así. Esto no puede ser todo. Y da igual que luego vinieran los discursos.
Da igual que alguien usase el "te lo dije" o te recordase que hay que pasar página, que todo pasa por algo.
Porque tú, en el fondo, sabías algo en ese momento. No sabías explicarlo. No sabías ordenarlo.
No sabías citar Génesis, Mateo, Juan Pablo II, ni el párrafo correspondiente del Catecismo.
Pero sabías algo. Sabías que como respuesta a tu apertura, a tu cariño, a tu cuidado, a tu sinceridad, a tu confianza, tendrías que haber recibido algo parecido. No necesariamente perfecto. No necesariamente de película. No necesariamente con banda sonora, ramo de flores y atardecer colocado por una productora especializada en hacer daño a los solteros.
Pero sí algo humano. Algo digno. Algo que no convirtiera tu entrega en material de derribo.
Algo que no te hiciera sentir mal por haber querido bien.
Lo sabes.
Sabes que algo no encaja. Y no encaja, porque no fue así al principio.
Y eso es lo que la Teología del Cuerpo te viene a decir.
Descubrirte como fuiste al principio, te enseña de dónde vienes. Y hacia dónde todavía puedes volver.
Porque en la intimidad de tu corazón, mirando tu historia, tus heridas, tus intentos, tus huidas, tus nombres propios, tus aeropuertos, tus camas, tus mensajes no contestados, tus promesas medio dichas y tus despedidas mal cerradas…
¿no crees que estás hecho para algo distinto?
¿No crees que, tal vez, en el principio, alguien te imaginó para algo más?