En las catequesis anteriores vimos que Jesús, cuando habló del matrimonio, volvió al “principio”. No empezó por lo que se puede o no hacer ni por las reglas. Empezó por lo que Dios quiso desde el principio.

También vimos que el Génesis habla de dos momentos. Primero, el ser humano vive cerca de Dios, sin miedo y sin vergüenza. Después, al alejarse de Dios, algo se rompe en su corazón, en su forma de mirar y en su forma de amar.

Hoy no vamos a repetir todo eso. Vamos a sacar una idea nueva.

Cuando Jesús vuelve al principio, no lo hace solo para recordar algo que se perdió. Lo hace para decirnos que el plan de Dios sigue teniendo aplicando.

Aunque el ser humano haya fallado, aunque su corazón esté herido, aunque le cueste amar bien, Dios no cambia lo que quiso desde el principio.

Esto es muy importante.

Si miramos solo al ser humano después del pecado, podemos pensar que ya no es posible vivir como Dios quiere. Podemos pensar que lo normal es rendirse, rebajar el amor y aceptar cualquier ruptura.

Pero Jesús no mira así.

Jesús conoce la debilidad humana. Sabe que el corazón puede volverse duro. Sabe que el ser humano puede fallar. Pero aun así vuelve al principio.

¿Por qué?

Porque pecado dañó la imagen de Dios en el hombre, pero no la borró del todo. Esa imagen está, pero necesita ser curada.

Por eso, cuando Jesús responde sobre el matrimonio, no se queda en la pregunta de sus oyentes. Ellos querían hablar de permisos. Querían saber si un hombre podía dejar a su mujer.

Jesús va más hondo.

Les recuerda:

—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Con estas palabras, Jesús muestra que el matrimonio sólo es una unión humana por tradición o porque es un medio práctico para vivir. El matrimonio es una realidad diseñada por Dios.

Después de la caída, Dios no abandona al ser humano. En el Génesis aparece una primera promesa: el mal no tendrá la última palabra.

Esa promesa apunta hacia Jesús.

Jesús viene a salvar al ser humano. Viene a curar lo que el pecado rompió. Viene a levantar de nuevo el corazón humano. Y esa salvación toca también el cuerpo.

San Pablo lo dice así: esperamos que Dios salve nuestro cuerpo.

Esto quiere decir que Dios no quiere salvar solo una parte de nosotros. Quiere salvarnos enteros: el corazón, la vida, el amor, la forma de mirar, la forma de vivir el cuerpo.

Sin Jesús, vemos nuestra debilidad.

Con Jesús, vemos que Dios puede curar esa debilidad. Jesús nos dice que el cuerpo también está llamado a ser salvado, no sólo nuestra alma.

Nuestra vida nos muestra la herida.

La Palabra de Dios nos muestra el plan de Dios y la cura que viene de Cristo.

Así se entiende mejor por qué Jesús vuelve al principio.

Vuelve al principio para mostrarnos quiénes somos, qué se ha roto en nosotros y qué quiere sanar Dios.

Por eso esta enseñanza no habla solo del matrimonio.

Habla del ser humano.

Habla del cuerpo.

Habla del amor.

Y habla de la salvación que Cristo trae.